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Posted by on Apr 16, 2013 in aprendizaje cooperativo, colombia, escuela nueva, innovación educativa | 0 comments

Del café de selva y de la escuela nueva

Del café de selva y de la escuela nueva

Entre cafetales y plataneros Jimena recorre todos los días el camino a su escuela. En el Quindío, un departamento hacia el noroeste en el interior de Colombia, la selva tecnificada cubre la totalidad de los campos de cultivo. Es la gran meseta cafetera donde Juan Valdéz ha domesticado el paisaje con inteligencia pícara para mejorar productividad y desarrollo natural. Esto es palmeras de plataneros estratégicamente ubicadas entre hileras desiguales de cafetos. Grupos activos de crecimiento donde los arbustos de café agradecen la sombra que les regalan sus compañeras de huerta más altas. Las plataneras suavizan el sofocante verano para los cafetos y el camino de Jimena hacia la Escuela Nueva La Cabaña, su escuelita en medio de la selva colombiana.

Jimena vive en una pequeña casa a medio camino entre dos poblaciones. Su casa también tiene un nombre propio, lo sé pero no puedo recordarlo. En esta región paisa cada casa tiene su nombre, una identidad narrada en la historia de la familia que las ocupa. Han sido tantos nombres de casas como de niños y decidí quedarme con el de los segundos. En la escuela, su maestro, Carlos Carmona, ha impreso una vista satélite de la zona y ha ubicado el hogar de cada cual. Todos quieren mostrarme donde viven y vociferan los nombres de casa y niños. Los más pequeños son capaces de mostrarte una indicación distinta cada vez y sin embargo, a pie, como hacen el camino la mayoría, llegan sin desorientarse cada mañana. No pueden ocultar su admiración al asomarse sobre sus casas y sobre toda la región en el improvisado balcón de este pedazo de cielo digital creado por google. Se trata de un gran mapa impreso a color y cosido folio a folio, retazos de un papel reciclado tan marrón como un grano de café. Lo sostenemos en corro entre todos mientras los dedos, cual despiertos geolocalizadores analógicos, se afanan por indicar la ubicación de la escuela y la casita de cada cual.

Está Jimena, que sabe comunicarse en lengua de signos porque sus papás son sordomudos; y está Jenny, su mejor amiga, que viene vestida de rojo cereza y verde, como el fruto del café antes de hacerse grano; está también Alberto, el más mayor de todos, con sus vaqueros y chaqueta de capucha, hincha del Atlético -culpa de Falcao- y rapero, que llegó aquí hace unos meses porque en la ciudad le dijeron que era demasiado activo, “casi hiperactivo” – me dice; y Gloria, coqueta con sus coletas y el uniforme estatal de la primaria, falda de tablas y camisa blanca; y Roberta, Antón y Mateo, que son hermanos y vienen juntos a la escuela, aunque hoy se haya ausentado María, la mayor. No somos muchos, unos dieciséis, falta arriba falta abajo. “Como María, en ocasiones algunos deben quedarse a ayudar en sus familia con las labores del hogar mientras los hombres van a los cafetales” me explica el maestro Carlos.

El Quindío vive del café. En pleno verano tropical de febrero, cuando visito la región, acontece una gran huelga cafetal desde hace días y de camino en el jeep, el ejército hace un par de controles con sonrisa amigable y metralleta en mano. Todo el país está en ascuas apoyando el intento campesino de obtener un salario más justo por cada grano. Colombia es un país en crecimiento, sostenido por una gran base social de clase media que quiere afianzarse y hacerse un hueco entre el desorden de siete niveles económicos estratificados y reconocidos por el gobierno. Una pirámide de siete pisos que adolece en su vértice, donde los pocos ganan mucho, y en su gran base, donde los muchos ganan poco.

Bogotá, una suerte de Londres sudamericano, comparte con la city más que nieblas y lluvias diarias, está resurgiendo como un nuevo epicentro económico en el continente que relaja la polaridad de los gigantes Argentina y Brasil. Sin embargo, a pesar de sus sueños de urbanidad, gran parte de la Colombia rural es aun café y selva. Si la imagen de Juan Valdez impresa en cada paquete, fuera algo más que uno de los casos de éxito publicitario más extendidos por todo el mundo, cualquiera esperaría encontrarse con la cara de este sonriente bigotudo a lomos de su burra Conchita asomando entre los árboles de esta inmensa selva verde oscura. Doyle Dane Bernbach en los sesenta -fuente de inspiración Mad Men en el nuevo siglo- fue la agencia encargada de hacernos creer a todos que el paraíso del café y de su aroma se encerraban en el icono de Juan Valdez. Lo que quizás no les hayan contado nunca es que lo más vivo, real y esperanzador de esta selva, lejos de la publicidad, son por el contrario, sus escuelas.

Si vuelvo al mapa y recorro el rostro de cada uno de los niños que lo sostienen, no encontraremos a más de dos que comparten la misma edad. De 5 a 13 años, la escuelita La Cabaña es un gran aula que acoge a todos en un único grupo. Una organización de aula basada en la pedagogía y la experiencia de la Fundación Escuela Nueva que hace posible el milagro del aprendizaje activo y autónomo, conjugado con la diversidad de edades, contenidos, niveles y necesidades específicas de cada cual. Porque desde luego, salta a la vista, el grupo es heterogéneo y único. Para Carlos Carmona, maestro y corazón de esta escuela, quien lleva más de treinta años dedicado a la enseñanza, el modelo educativo de Escuela Nueva le ha hecho “crecer hasta convertirme en el educador que soy hoy en día, esta escuela y esta forma de trabajo son mi vida y me han convertido en un mejor docente… ¡mucho más de lo que yo me hubiera imaginado hace años!”, sonríe humildemente.

Pero ¿qué es realmente Escuela Nueva? “Escuela Nueva es un modo de ser y actuar en el aula, también una forma de organizar la escuela, pero, sobre todo, diría que es la forma en que muchas otras escuelas, como la mía o también mucho más grandes, en las periferias de las ciudades o aquí en los pueblitos, han sabido dar herramientas a los profesores, capacitándoles para que ellos sean menos profesores al uso y los alumnos, organizados en grupos, vayan ganando terreno en este tipo de rol” explica ilusionado Carlos. Mientras les escucho, me asaltan imágenes del paisaje inteligente en la selva tecnificada que me rodea, donde la naturaleza crece en un modelo de libertad, paradójicamente ordenada y responsable. En el aula observo los círculos de trabajo que dividen la escuela La Cabaña, la disposición de las meses y el reparto de funciones, los rincones de materiales y áreas y la organización de los tiempos personalizada en los alumnos y no solo en las materias. Observo a Mateo en su mesa, centrado en su trabajo, alejado de nuestra conversación gracias a las orientaciones que le da Jimena, él es el monitor del grupo, ella la tutora y portavoz, “arbusto de café y platanera en desarrollo inteligente” -me digo, “loco”- pienso, y Juan Valdez sigue sin aparecer, sin embargo, la magia ya la ponen ellos, los dieciséis únicos y diferentes, en un rinconcito de La Cabaña, creciendo en la inmensidad verde de esta selva cafetera y colombiana.

 

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