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Posted by on Feb 21, 2013 in innovación educativa, uruguay | 2 comments

Montevideo

Montevideo

Uruguay es un país de casas chiquitas, y Montevideo es su capital. Criado entre los Goliats de Brasil y Argentina aprendió a ser uno mismo en la pequeñez para hacerse grande. Por eso pasear por Montevideo es una experiencia de sencillez. En el olor del verano a bananero y nafta, Uruguay tiene un no sé que de la Suiza americana que fue, del Maracaná, que se ha hecho un tanto espina. Es Suiza por el orden y en el footing que corren en el parque, por las casitas cuadradas y rectangulares que te asaltan en una esquina art decó, por lo rubio, lo tecnológico, lo wifi y lo verde. Es americana en el carnaval, en el blanco colonial, en la morocha alegre del parque, en la sonrisa, en el mate, en el puerto, en las empanadas y el chivito, en la morcilla dulce y en el recodo derruido.

En el andar rememoro pasajes de Lo pequeño es hermoso, pero sobretodo me gustaría sentir las calles de la primera infancia de Mauricio Rosencof, cuando le decía a su mamá algo con ché, y a su viejo que lo quería y escribía el Montevideo de principios de siglo, donde no había nada como tender la ropa para que comenzara a llover, ché, como hoy, cuantas cartas que no llegaron.

Uruguay es todo llanura verde y horizonte azul, sin un alto ni un bajo, es un país con un enorme prado y un centro urbano como capital. Y en esta punta urbanita de casas chiquitas hay también un parque grande, El Prado, y es todo llano con vocación de interior, como el país, que no puede ser más llano y tiene un parque inmenso con cientos de kilómetros sin altura, al nivel del mar, pero de ese mar que es Río de la Plata, que hay que ir a buscarlo al este para que sea mar y que deja al uruguayo con carácter de interior, esperando la apertura del mar en febrero, con el carnaval. Los uruguayos más de río van a las murgas y los que quieren recordar que llegaron hacinados en barco van a las llamadas, pero en estos días se juntan por igual y se quieren en el casco histórico.

En la ciudad donde vive el presidente chiquito del país, las palmeras son lo más grande y cuando quieren modernizar las calles ensanchándolas, las piden permiso, las desarraigan y las vuelven a plantar, así es como las reverencian y se hacen respetar en el mundo. Hay que venir a Uruguay para ver amanecer como nunca en la punta del este, y para sentirse sur, para saber que todos aquellos que nos habíamos sentido Sur, y desorientados en el Norte impuesto de los otros, encontramos nuestro Norte en el Sur, y así nos amanece al otro lado, haciéndote sentir un poco más tú, gracias a Joaquín Torres García y a su Sur, y a los maestros que tan bien me lo han enseñado: Marcelo Fontona en el gesto pequeño de amor cotidiano y Damián Velázquez en la grandeza de la palabra dicha con la sintonía de su voz, radiosur.

2 Comments

  1. Uruguay es también un país que te recuerda con afecto y que siempre te espera con los brazos abiertos.
    Uno de los grandes poetas de Montevideo, y de mi barrio, no llegó siquiera a sospechar estos adelantos tecnológicos y, sin embargo, escribió:
    “¡Qué grande el mundo, y qué pequeño,
    qué lejos los amigos, y qué cerca!” Líber Falco

    • Si es que esta entrada, sin cita en el comentario final de Damián hubiera sido menos entrada 😉

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